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Segundo Viaje a Japón: Parte I

Pues en el 2006 volví a Japón y este año se apuntó mi hermano porque fuimos juntos a Kioto, a un curso intensivo de verano. Aquí lo veis en el Kyomizudera, intentando pescar el chorrito de agua, ese que te hace joven y bella… bueno, en realidad hay tres y creo que cada uno sirve para una cosa, así que no sé, he ido unas cuantas veces y siempre me lío. En realidad yo he bebido de los tres así que ya está, se acabó, sea lo que sea, aun no tengo tifus ni nada y tampoco me ha pasado nada especial, ya era bella antes de beber de ahí, no os creáis nada.

Qué joven era mi hermano... mira lo que hacía... mira... que esto no lo vea la novia.

Pues estuvimos un mes estudiando muy duramente en Kioto, y ya se ve lo dura que era la cosa porque los fines de semana aprovechábamos para pirarnos en el shinkansen a hacer excursioncitas de nada a Tokio, como bien se ve en esta foto de Akihabara.

Lo de Tokio fue curioso, porque los dos nos decíamos: «Bueno, pues vamos a ver Akihabara lo primero que tenemos muchas ganas, pero luego vemos otra cosa…» pero es que nos era imposible despegarnos de ahí y nos tiramos todo el fin de semana pululando por ahí porque a estas alturas no vamos a negar que somos unos frikis de marca mayor.

Aquí mi hermano dándole de comer a los ciervos mientras Alberto, ese chiquín toledano saleroso, le hacía fotos.

Pero a ver si os creéis que todo era frikismo en nuestras vidas, que también hicimos visitas culturales con los compis de  clase. Ahí conocimos a Alberto, que a día de hoy está por esos lares.

Aquí vemos a mi hermano arriesgando su vida para darle de comer a los ciervos zombiecaníbalescomedoresdepapel, que te acosan para que les des algo. Yo creo que estábamos ahí preparados por si le arrancaban una extremidad y nos lo teníamos que llevar corriendo, pero así al menos tendríamos documentado el momento y la imagen nos haría ricos. Por desgracia, hacía mucho calor y a los pobres animales no les daba la energía más que para morder galletas rancias.

A todo esto, estábamos en el Todai-ji, en Nara, la capital más antigua de Japón, visita indispensable si queréis pasar una tarde agradable viendo monumentos milenarios.

En Hiroshima, el día que tiraron la bomba, sólo quedó en pie esto... en dos kilómetros a la redonda...

También fuimos a Hiroshima y fue una de las cosas más deprimentes que he hecho en mi vida: ver el museo de la paz. Pero más que entristecerme, salí muy cabreada en realidad, tenía una sensación muy grande de impotencia porque lo tiraron pensando en hacer muchísimo daño pero por otro lado, tampoco sabían en concreto cuánto daño se iba a hacer y las consecuencias que traía.

Para mi el sentimiento no fue que todo me conmoviera, ¡me daba todo muchísima rabia!

Por ejemplo: Imagínate que eres la persona que estaba allí sentada en la escalera del banco esperando a que abriera, esa persona de la que sólo quedó la sombra, esa persona que literalmente se volatilizó cuando detonaron la bomba a 100 metros del suelo. Esa persona, iba a cobrar su sueldo para, imaginemos pues, yo que sé: dar de comer a su familia, comprarse algo para lo que llevaba meses ahorrando… o a lo mejor no iba a cobrar su sueldo, iba a cagarse en los muertos del director del banco porque ya le han subido las comisiones y oye, se ha muerto quedándose con las ganas.

Otro objeto interesante es ese bentō perteneciente a un estudiante que llevaba 6 meses de su corta vida cultivando los vegetales que POR FIN ESE DÍA había podido recolectar para mezclar con su arrocito para llevárselo al cole y comérselo… o sea, muy bien, 6 meses currándotelo para que un día ¡TRAS! Se acabó… ¿Sabéis como encontraron al chaval? Protegiendo a la fiambrera…

Esta es absolutamente desgarradora: La del triciclo enterrado en el patio trasero junto al niñito chiquitito… Aquí yo casi me derrumbo toda.

Un padre le había regalado un triciclo a su crío, con su casquito tuneado y todo (yo a su edad tenía una moto a pilas con casco… me identifico total), y el día que el niño estrena el triciclo, ¡HALA!

Pero el niño resistió un par de días hasta que el pobre pajarillo se le quedó en los brazos al padre, así que lo enterró en su jardín hasta que luego lo encontraron en la remodelación de un instituto en los años 60, creo.

Yo me pregunto qué culpa tendría toda esta gente de lo que hacen y deshacen todos los pedorros que están al mando de los paises, y lo digo también por los que a día de hoy se están partiendo la cara continuamente, qué culpa tendrán los que están en medio de todo… no sé, nunca lo entenderé, mataos vosotros solos, joer.

Después de pasar un mes estudiando en Kioto, nos separamos, él se volvió a España y yo me quedé porque me habían ofrecido trabajar en un hotel tradicional , pero de esa etapa hablaré la semana que viene.

Nos vemos el jueves, que es cuando toca 😉

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